
Busqué este libro tras leer "Un encuentro" de Milan Kundera. Fue grande mi sorpresa al descubrir que sus páginas escondían el viaje de conocimiento de una pequeña niña islandesa de 9 años, contrario al comentario de Kundera, me he encontrado con el desencanto de la pérdida de la inocencia.
Reconozco que la estrategia de no asignar un nombre definido a la protagonista favorece el fenómeno de empatía por parte del lector, a mis ojos Bergsson nos muestra la inocencia de los niños de la ciudad ante la realidad que se vive en el campo y las provincias. Siendo un habitante de la ciudad, no puedo más que identificarme con la reticencia de la protagonista ante la visión prágmatica y a veces simplicista de los demás personajes. Asimismo entiendo que el jornalero sea el personaje en el que la protagonista encuentra mayor identificación.
Veo en el jornalero la muerte del romanticismo bucólico que vivimos los citadinos ante la realidad del trabajo arduo, y del esfuerzo diario que implica vivir en el campo. No tiene cabida sus ilusiones, su único escape, el alcohol, un jóven introvertido. Fortuna audaces juvat, sentencia Virgilio, el pobre jornalero quizá nunca comparta el contenido de sus diarios con otra mujer más que con la niña, porque ese romanticismo bucolico ha muerto, murió en el ocaso del siglo XX, ya no hay lugar para románticos como nosotros, nacimos tarde.
El libro es muy ligero de leer, la historia tarda un poco en atrapar, pero una vez que uno se adapta al estilo del autor, es muy díficil no concluir el libro. Recomendado para aquellos que les gustan las historias de crecimiento y maduración; me gustaría haberlo leído a los 13 cuando leí Demian de Hesse, sin embargo aún varios lustros después es ampliamente disfrutable.
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